
DURANTE MUCHOS años hemos estado utilizando Google, hasta tal extremo que ya formaba parte de nosotros: eran las antenas con las que palpábamos el universo, desde el circundante hasta el remoto.
Su fiabilidad global -no tanto en la ordenación de los resultados como en el hecho de que nos llevara a apariciones de lo que buscábamos, dondequiera que se encontraran- lo convertía en una herramienta realmente útil, y no sólo para fines de búsqueda estricta. Por ejemplo, los estudios sobre presencia de lenguas en las redes hacían uso de la consulta de Google, convertido entonces en una auténtica “base de datos” de ocurrencias de términos. Es sabido cómo, utilizando la metodología de buscar términos exclusivos de una lengua, Funredes trazó un mapa de la presencia relativa de las lenguas neolatinas en relación con el inglés, en los primeros años de la pasada década.